El metro, trampa mortal para los señores sin pies.

Me enteraba hace unos días que en mi empresa recompensan a aquellos empleados que atraen nuevo talento al lugar. Además, me consta que la búsqueda está en marcha con varias ofertas abiertas, entre otras: ‘Systems Administrator’, ‘Javascript Engineer’, ‘Data Access Engineer’ y ‘QA Engineer’. Por tanto, ya saben, si quieren formar parte del equipo que contruye y mantiene la plataforma web española lider en este nuestro país -y entre las 250 primeras del mundo, todo ello según el ranking de Alexa-, no tarden en contactar y mencionar quien les envía!

Entre el sueño y la lucidez, me despertaba esta mañana escuchando un poema que me ha gustado.

Mi táctica es mirarte
aprender como sos
quererte como sos.

Mi táctica es hablarte y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.

Mi táctica es quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé con qué pretexto
pero quedarme en vos.

Mi táctica es ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos simulacros
para que entre los dos
no haya telón ni abismos.

Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más simple.

Mi estrategia es que un día cualquiera
no sé cómo ni sé con qué pretexto
por fin me necesites.

Mario Benedetti. “Táctica y estrategia”.

¡Lo que es la vida sin Internet oigan! Aburrido de esperar por una ADSL que no acaba de llegar con motivo de una cadena de meteduras de pata de Vodafone -que merecerá una entrada aquí llegado el momento-, he aprovechado la festividad de San Isidro para poner a funcionar airodump’s, aireplay’s y aircrack’s sobre las WiFi’s de los vecinos con precarias redes WEP, y así acabar de una vez por todas con este aislamiento tecnológico en el que estoy sumido -cabreante la manía de tantísima gente de apagar los modems cuando dejan de usarlos. ¡Así no hay forma oigan!-.

Desde el 25 de abril, fecha del último post y también de mi último día por A Coruña, han surgido bastantes temas sobre los que escribir, pero o bien ya han caducado, o bien no son de lo que toca hablar después de este silencio.

Hoy toca hablar de las primeras semanas en la capital. La mudanza -me ponen muy muy nervioso las mudanzas- se completó con éxito total -haré post sobre ello un día de estos-, la nueva casa es perfecta -nada que ver con la zona cero en la que antes vivía, pero desde el punto de vista inmobiliario nunca he vivido en mejores condiciones-, el ocio ha estado cubierto -entre unos y otros ha habido muchas visitas que han aplacado la morriña, de forma que este todavía será el primer finde a solas en la ciudad-, y en el trabajo, que es a lo que aquí he venido, me lo estoy pasando como un enano -y trabajando como un cerdo-, arrancando poco a poco, en contacto con el mundo real, y haciendo el tipo de cosas que más me gustan -aunque también he pensado mucho en lo que he tirado por la borda, la importancia de la realización profesional frente a la comodidad, el ritmo relajado del empleo público, los objetivos difusos… Con el tiempo podré presumir de conocer los dos lados, pero por ahora no sé cual es el bueno-. Es definitiva, grandes dosis de melancolía a ratos, deseos de tener cerca a algunas personas en otros ratos, pero las cosas no marchan nada mal.

En lo que se refiere a la ciudad como tal, las cosas no van tan bien. Por más que me esfuerce en buscarle algún atractivo a Madrid, sólo consigo verle defectos, los que ya conocía/esperaba, y otros que se van sumando según pasa el tiempo. Comprendo que los
nativos estén enamorados de ella, no deja de ser una gran ciudad, y toda su red social está aquí. También comprendo a los socialmente inadaptados, por la razón que sea, que llegados de provincias encuentren en un sitio como este su lugar y no quieran dejarlo. Pero los que, como es mi caso, venimos de mundos mejores, no estamos hechos para Madrid.

Y es que, particularmente Madrid es una gran capital, sí, pero sin ningún atractivo añadido a los vienen de serie por ubicarse en el primer mundo, alojar una pila de habitantes y ocupar una superficie enorme. El buen Jandro, preguntado por sus compañeros de trabajo, la definió muy bien como una ciudad del montón, multiplicando su tamaño por veinte, punto. Hoy, aun con más claridad que antes, veo mi estancia aquí como un exilio voluntario con fecha de caducidad. El tiempo dirá si es cuestión de un par de años o de décadas. Por lo de pronto, ¡feliz San Isidro amigos! :)